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Wednesday, February 18, 2015 (read 470 times)
 

Electronic or Paper Books?

by Lauris

Versión Española abajo

There’s no shortage of opinions out there on the evolution, or the revolution it seems you could call it, that the world of books is experiencing today. Technological advances often threaten the extinction of the old fashioned, or what you might refer to as the outdated. I recently came across the following quote in an article about the open conflict between paper and electronic books:

“If you understand book to mean those countless paper printed editions folded and bound within covers
that announce their title, I frankly believe that Gutenberg’s invention will sooner or later fall into disuse
as the interpreter of our intellectual productions."

This opinion perfectly reflects that of those in favor of ebooks, devices with incredible memory and quick access that allows you to reproduce any part of any text almost instantaneously. These e-readers, or portalibros as Darío Villanueva (outspoken director of the Royal Spanish Academy) calls them, found their way onto last Christmas’ list of top-selling Christmas gifts. By the way, the quote above was made in 1894 and it was a response to the imminent death of the book in the face of the appearance of the phonograph.

These portalibros offer a series of advantages that conceal their own contradictions. The quality of the screens and the use of digital ink make these books a wonderful tool for reading that can allow people with visual difficulties to enlarge the size of the letter, which makes reading much easier. E-readers also have an enormous storage capacity, which lets us enjoy our favorite books while on vacation without having to load our luggage with extra pounds of paper. Hauling around a weighty tome of some 800 pages while riding the metro or train also makes for a strenuous task, but these lightweight, portable devices make things much easier.

Books however (the paper variety I mean) appeal to the sense of touch (I believe that we don’t just read with our eyes but with our whole bodies) and they allow us to underline, jot down notes, go back and reread a paragraph we’ve just read, and when we finish reading we realize that we don’t understand how we’ve lost all track of time… I know that e-readers also allow users to write notes, but doing it electronically just seems more tedious than simply grabbing a pencil and doing it NOW.

Ebooks also, in my opinion, encourage skipping from one thing to the next, which to my disapproval is what my daughters do on their tablets and smartphones. Paper books tie us to the story, they capture us and guide us to their last page. Leaving off halfway through an on-screen read leaves me feeling much less guilty than closing up a book and putting it back on the shelf.

I don’t know, it’s just something I can’t avoid (or maybe I don’t want to avoid it); I like books, the smell of the paper, the sound they make in your hands when you close them. I like physical libraries, with bookcases loaded with books that hide remnants of other readings, of other readers…

Yesterday the battery on my younger daughter’s tablet died and she was all upset because her sister had swiped her charger. I observed her with a smile that disguised an unhealthy feeling of triumph as I turned the page of my novel, touched the texture of the paper, and breathed in the subtle aroma of ink –along with the historic build up of dust- and I read on, unplugged.

¿Libro Digital o Libro de Papel?

Hay opiniones enfrentadas en lo que se refiere a la evolución, o quizás sería mejor hablar de revolución, que se está viviendo en el mundo de los libros. Las novedades tecnológicas con frecuencia hacen que la amenaza de la extinción se cierna sobre lo antiguo, aunque quizás sería mejor denominarlo lo viejo. En un artículo que leí sobre el conflicto abierto entre libro de papel y libro digital encontré esta cita:

"Si por libro entendéis nuestros innumerables cuadernillos de papel impreso, plegado, cosido,
encuadernado bajo una cubierta que anuncia el título de la obra, reconozco francamente que creo
que la invención de Gutenberg caerá más o menos próximamente en desuso
como intérprete de nuestras producciones intelectuales".

Esta opinión nos viene al pelo para reflejar la de quienes están a favor de todo tipo de artilugio electrónico que, en una pantalla y con una asombrosa capacidad de memoria y una velocidad de acceso y de conexión que se puede calificar de sorprendente permite reproducir casi instantáneamente cualquier parte de cualquier texto. Estos e-books o portalibros como los ha calificado Darío Villanueva, flamante director de la RAE, se están asentando como uno de los regalos más realizados en las últimas Navidades. El único pero que se le puede poner al comentario que citamos arriba es que se realizó en 1894, e intentaba reflejar la inminente muerte del libro-objeto frente a la aparición del fonógrafo.

El portalibros ofrece una serie de ventajas que esconden, en sí mismas, sus propias contradicciones. La calidad de las pantallas de última generación, el uso de la tinta electrónica hace de estos soportes un instrumento magnífico para la lectura que permiten que algunas personas con problemas de deficiencia visual puedan aumentar el tamaño de la letra, lo que les facilita muchísimo la lectura. También tienen estos artilugios una enorme capacidad de memoria, lo que nos permite disfrutar de nuestras lecturas favoritas durante las vacaciones sin necesidad de cargar con unos cuantos kilos de papel. Llevar un tocho de ochocientas páginas para leer mientras viajamos en metro o en tren a nuestro trabajo es oneroso, y estos dispositivos móviles facilitan la cosa. Claro.

Por otra parte, el libro (de papel quiero decir) nos transmite una sensación táctil -yo creo que no se lee solo con los ojos, sino con todo el cuerpo- y nos permite subrayar, hacer anotaciones, volver atrás y releer ese párrafo que acabamos de terminar y, al llegar a su fin, descubrimos que no hemos entendido porque se nos ha ido el santo al cielo con el menú de la cena... Ya sé que en los portalibros se puede subrayar y hacer anotaciones, pero me parece que es mucho más engorroso que agarrar un lápiz y hacerlo YA.

Además, el portalibros, en mi opinión, favorece el picoteo, el saltar de una cosa a otra, como hacen mis hijas para su satisfacción y mi indignación, en sus tabletas y teléfonos inteligentes mientras que el libro de papel nos ata a la historia, nos captura y nos lleva de la mano hasta su final. Dar un pantallazo y dejar una lectura a medias en una pantalla me produce muchísima menos sensación de traición y culpa que cuando cierro un libro y lo aparco en la estantería.

Lo sé, no puedo evitarlo (o quizás no quiero evitarlo). Me gustan los libros, el olor del papel, el sonido que hacen en tus manos al cerrarlos de golpe. Me gustan las bibliotecas físicas, con estanterías abarrotadas de libros que esconden huellas de otras lecturas, de otros lectores...

Además, a mi hija pequeña ayer se le terminó la batería de la tableta y se cabreó muchísimo porque su hermana había extraviado el cargador. Mirándola con una sonrisa que escondía una insana sensación de triunfo, pasé la página de mi novela, palpando la textura del papel, aspiré lentamente el aroma de la tinta -y el polvo histórico acumulado- y seguí leyendo, unplugged.


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Posted In: Culture

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